Bajo la mirada del momento político que vivimos actualmente, a raíz del resultado electoral del pasado 06 de diciembre de 2015, el nuevo periodo constitucional de la Asamblea Nacional trae consigo una correlación de fuerzas entre dos Poderes Públicos, Legislativo y Ejecutivo, cada uno con autonomía funcional pero atada internamente dentro de la composición de un solo Poder Público Nacional, tal como lo señala la Constitución, instrumento jurídico que prácticamente obliga a ambos poderes a desempeñar funciones de forma concatenada cuando señala que  “Cada una de las ramas del Poder Público tiene sus funciones propias, pero los órganos a los que le incumbe su ejercicio colaborarán entre sí en la realización de los fines del Estado”.

Este mandato constitucional, goza de toda la rigidez que posee un típico Estado en Latinoamérica, especialmente en nuestro país donde la separación funcional de los poderes bajo la concepción de Montesquieu y adoptada por el Estado Liberal Burgués ha resultado inadecuada para el Estado social de Derecho y de justicia que pregona en Venezuela.

¿Pero qué sucede cuando vemos a una Asamblea Nacional controlada por la unidad opositora  al actual gobierno constitucional?

Es aquí donde debemos separarnos de la esfera jurídica y llevarlo a otro plano que nos permita entender la realidad política venezolana. Para ello, necesariamente debemos adentrar en el estudio de nuestra historia contemporánea. En opinión de quien suscribe, la idiosincrasia político partidista ha conservado los matices que la caracterizan desde la década de los setenta hasta la actualidad, acompañada de una baja o alta intensidad pero conservando su esencia pura aun cuando existieron partidos políticos diferentes al de hoy o ideologías políticas similares o totalmente contrarias. Para mayor entendimiento, me enfocaré en dos momentos históricos fundamentales.

El primero, es el período entre 1958-1993 y el segundo entre 1994-2004. Para ello, me apoyaré en un artículo que data de los años 80 bajo la autoría del Dr. Gustavo Tarre Briceño quien hace un breve análisis de la separación de poderes y la praxis venezolana.

El primer período se caracteriza por la coalición política proveniente del pacto de Punto Fijo, donde todos los partidos políticos (menos el PCV) acordaron que el partido que resultara ganador en las presidenciales no podía obtener la presidencia del Congreso Nacional de ese entonces. Aun así, Tarre Briceño señala que si el partido de gobierno ostenta la mayoría parlamentaria “…nos encontrábamos en presencia de gobiernos fuertes, poderosos, aptos para decidir y, en consecuencia, a enfrentar los problemas del país, pero, a su vez, proclives al abuso originado por una acción no susceptible de ser controlada (…) La existencia de partidos disciplinados lleva a que una sola voluntad, la del Presidente de la República Líder del partido de gobierno, controle tanto al Poder Legislativo como el Poder Ejecutivo, para no hablar del Poder Judicial.” Lo que podría llamarse una “Monarquía Republicana” (Maurice Duverger) como fue el caso de los Presidentes Rómulo Betancourt (1959-1962), Raúl Leoni (1964-1968) y Carlos Andrés Pérez (1973-1979 / 1988-1993) con pleno dominio del partido Acción Democrática en todos los casos.

En el segundo período, sucede totalmente lo contrario en los gobiernos de Rafael Caldera (1994-1999) y Hugo Chávez (1999-2000 / 2001-2005). En el caso de Caldera, en ambos períodos que gobernó, su mandato resultó ser uno de los más controlados de la historia por el Congreso Nacional. Siendo el Presidente Caldera una persona muy leal y respetuosa del derecho, este nunca llegó a enfrentarse al Poder Legislativo más allá del ámbito legal. Por el contrario, El Presidente Chávez, desde el primer momento de su mandato, tuvo divergencias con el Parlamento hasta el punto de convocar una Constituyente para que este se disolviera y crear en la nueva Constitución la Asamblea Nacional. Sin embargo, en las primeras elecciones no llegó a obtener la amplia mayoría que lo respaldara en su gestión. En todos estos casos “…La mayoría opositora se ejercitó más en función de control como instrumento para bloquear iniciativas gubernamentales.” (Tarre Briceño)

Ambos periodos, estuvieron fuertemente marcados por dos extremos: un primer ciclo caracterizado por el excesivo apoyo incondicional del Poder Legislativo para con el gobierno de turno y un segundo ciclo acompañado de un fuerte control del parlamento sobre el Poder Ejecutivo quien para ese entonces no contó con la mayoría parlamentaria durante once años.

Ahora bien, la realidad política de estos últimos 10 años reflejó la vuelta al ciclo de un gobierno respaldado ampliamente por su partido, el PSUV, en la Asamblea Nacional, mientras que en este 2016 nos encontramos en pleno desarrollo del ejercicio político de una Asamblea Nacional con mayoría opositora al actual gobierno nacional.

Por Jaime Ponce

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